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Carta al Editor

José de Letamendi (1828-1897) y sus aforismos

Pablo Young

Revista Fronteras en Medicina 2021;(03): 0234-0236 | DOI: 10.31954/RFEM/202103/0234-0236


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Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.

Fuente de información Hospital Británico de Buenos Aires. Para solicitudes de reimpresión a Revista Fronteras en Medicina hacer click aquí.

Recibido 2021-07-12 | Aceptado 2021-07-22 | Publicado 2021-09-30


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Figura 1. José de Letamendi y Manjarrés.

Sr. Editor

Quise aquí recordar a un olvidado que por sus aportes merece reconocimiento. José de Letamendi y Manjarrés (Figura 1) nació en Barcelona el 11 de marzo de 1828 como segundo hijo del matrimonio formado por don José de Letamendi y Bores, comisario de guerra de ascendencia vasca, y doña Mariana Manjarrés y Valdés, de conocida familia riojana española. Sin embargo, el fallecimiento del padre cuando contaba escasos meses de edad, sumió a la familia en una delicada situación económica, que puso incluso en peligro su formación, que al fin fue posible tras su ingreso en 1838 en el Seminario Conciliar de Barcelona, donde cursó cuatro años y paso a la Universidad en 1842 donde cursó tres años de filosofía. En 1845 inició en la Universidad de Barcelona los estudios de medicina, que concluyó en 18521-3.

En 1854 ganó el cargo de primer ayudante de la cátedra de Anatomía, y al quedar esta vacante por renuncia de su titular, el doctor José Seco y Baldor (1808-1891), la obtenía por concurso en septiembre de 1857, después de haber conseguido el doctorado en aquel mismo año con una tesis titulada “¿Es cierto que la medicina interna no progresa?”. Estos años, entre 1854 y 1857, fueron de intenso entusiasmo por el estudio de la Anatomía, como lo prueba haber descubierto en 1853 el semisaco posterior en la membrana del humor acuoso en los perros. Letamendi compartió la labor docente con la actividad profesional, pues en 1854 ocupó la plaza de médico titular del hospital Sant Gervasi, y en 1855 se desempeñó en el distrito cuarto de Barcelona con motivo de la epidemia de cólera; dirigió asimismo en estos años el Hospital de Hostafrancs durante ese brote epidémico. En 1866, presidió la inauguración del Instituto Médico de Barcelona, fundado por el médico y psiquiatra catalán Juan Giné y Partagás (1836-1903). Letamendi participó en diversos proyectos, como la fundación en 1868 en colaboración con el doctor Santiago Casas de un Establecimiento Terapéutico de clara orientación vitalista. La inquietud intelectual de Letamendi lo llevó a realizar un informe en 1862 sobre el “Ictineo”, especie de submarino fabricado por Narcís Monturiol (1819-1885), y en el que se sumergió en el muelle de Barcelona. A partir de aquel momento, el prestigio de Letamendi aumentó de día en día en la triple vertiente de su rica personalidad –como catedrático, como cirujano y como académico– interviniendo en todos los grandes acontecimientos de la vida ciudadana de Barcelona: fue miembro de número de la Real Academia de Buenas Letras, donde tuvo numerosísimas y memorables intervenciones; organizador de los Juegos Florales en mayo de 1872; fundador y presidente en 1875 del Fomento de la Producción Española y hasta tuvo una decisiva intervención en la vida económica catalana mediante un discurso pronunciado en 1869 en el Ateneo, del que era presidente, al término de un curso monográfico sobre la entonces candente cuestión del librecambio o proteccionismo y en el que, después de defender las nacionalidades como base del desarrollo económico, se inclinaba por este último. También por aquellos años fundó y dirigió las revistas Archivos de la Medicina española (1868); Veritas, editada en francés (1868); Archivos de la Cirugía (1877) y La Salud (1877)2.

Pero en 1878, obtuvo por concurso la cátedra de Patología general de la facultad de San Carlos de Madrid, y en aquellos tiempos hasta el fin de sus días padeciendo una litiasis renal recidivante con múltiples intervenciones. Fue nombrado miembro de número de la Real Academia de Medicina en junio de 1881, y decano de su Facultad en 1890. En 1883 ejerció de presidente del tribunal opositor que concedió la cátedra de Anatomía de Valencia a Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). Desde entonces, trató al gran histólogo aragonés con gran estima y respeto, prestándose incluso a enseñar a sus ayudantes algunas técnicas para la confección de microfotografías, con las que Letamendi pensó durante algún tiempo ilustrar su famoso curso de patología general (1883-1889). Sin embargo, su actividad clínica se vio muy reducida a causa de la dolencia que lo mantenía frecuentemente en cama y que lo llevó a solicitar la jubilación de la cátedra en 1895. Su muerte tuvo lugar en Madrid el 6 de julio de 1897. Sus restos reposan en la Sacramental de San Justo de la capital de España2.

José de Letamendi, cuya semblanza intelectual y humana podemos completar recordando su dominio de numerosas lenguas –latín, griego, francés, italiano, inglés, alemán y ruso–, que fue inspirado poeta, pintor del que se conservan algunas obras en la Facultad de Medicina de Barcelona, en el Real Monasterio de El Escorial (tela de 24 metros cuadrados) y autor del boceto de los frescos que decoran el techo del anfiteatro de San Carlos, crítico musical, defensor de Wagner y admirado por aquel, y, en fin, compositor él mismo de varias obras, entre las que destaca una Misa de requiem, interpretada por la capilla del Real Monasterio de El Escorial el 13 de septiembre de 1887 en el 289 aniversario de la muerte de Felipe II, fue ante todo un médico cuya vocación no se vio en ningún momento desplazada sino enriquecida por otra inclinación básica de su espíritu, la filosófica3,4.

Como médico, y en su afán filosófico de englobar en un todo orgánico las diversas disciplinas de estos saberes, forjó y defendió la que llamó doctrina médica individualista o unitaria y que hizo pública el 13 de octubre de 1882 en el discurso inaugural del Círculo médico reformista de Madrid. Tal doctrina tiene por fundamento el pensamiento hipocrático, según hacía constar en aquella ocasión: “Mi doctrina es la restauración del espíritu individualista hipocrático en lo que este ha tenido de práctico y salvador para el pasado, y en lo que el progreso, rectamente dirigido, puede fortalecerlo para señorear el porvenir... es la base científica y positiva de la Medicina perennis ... Toda la fuerza de la doctrina individualista nace de una restauración virtual del hipocratismo con los intereses acumulados del progreso de dos milenios”.

Y a su desarrollo dedicó una extensa obra que llamó Tribiblion médico y que constaba de tres partes, dedicadas respectivamente a la teoría, la técnica y la historia de la medicina. La primera, bajo el título de Curso de Patología General, basado en el principio individualista o unitario, constaba de tres volúmenes aparecidos en Madrid entre 1883 y 1889; la segunda parte, Curso de Clínica general o Canon perpetuo de la práctica médica, comprendía dos volúmenes publicados también en Madrid en 1894; mientras que de la tercera parte, que habría de llamarse Historia evolutiva de la Medicina, solo llegó a escribir algunos capítulos. En cuanto a su contenido, puede destacarse como su principal elemento la enfermedad que, considerada como un caso particular de la vida, es estudiada desde un cuádruple punto de vista: según las categorías de cantidad, de calidad, de causalidad y de realidad; en lo relativo al método, se inclinó por el matemático, que lo llevó a expresar la vida según la fórmula algebraica V = (I C), en la que I representa la energía individual y C el cosmos3.

Letamendi fue un decidido antipositivista y entre las obras que con mayor crudeza expresa su rechazo al positivismo experimental fue sin duda la titulada Orígenes de las nuevas doctrinas médico-individualistas o unitarias (Madrid, 1882), en la que apostilla la obra de Claude Bernard y el método experimental con rechazo.

Filosóficamente, Letamendi se halló vinculado al círculo intelectual formado en torno a Francisco Javier Llorens y Barba (1820-1872), al que no vacila en llamar “mi maestro, el profundo conocedor de la filosofía del alma”. Y, en efecto, de Llorens proceden las líneas fundamentales de su pensamiento: la realidad originaria de la conciencia, el dualismo de cuerpo y espíritu, el realismo natural, el sentido común como criterio básico de toda filosofía..., si bien su sólida formación biológica le permite adoptar una cierta actitud personal y perfectiva respecto del psicologismo de la escuela escocesa. Y sobre esta actitud básica una marcada simpatía por René Descartes (1596-1650) al que, sin embargo, censura por la escisión radical de cuerpo y espíritu, por Blaise Pascal (1623-1662), Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), Giambattista Vico (1668-1744), Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781) y por Johann Christoph Friedrich Schiller (1759-1805) que tanto influyó en su concepción estética, completa, aunque muy genéricamente, es cierto, el abanico de influencias que permiten definir su posición doctrinal, desde la que debe ser interpretada su producción literaria, no estrictamente médica y en la que pueden distinguirse tres áreas distintas, aunque interdependientes: la filosófica, con trabajos como El hombre de acción, Caridad y egoísmo, La educación de la voluntad como base de la higiene...; la de filosofía del lenguaje, que incluye, entre otros títulos, Orígenes de la escritura, Aforística praxeológica, Un comentario a Platón sobre motivos de una pluma de oro...; y la de filosofía del arte, en la que deben recordarse, Valor del canon horaciano relativo al poético sentimiento, Humorología, Garbología y la Salerística, Juicio póstumo sobre Richard Wagner, etc1-4.Dejo numerosos aforismos, pero quizá el más conocido es “El médico que solo medicina sabe, ni medicina sabe”; y en el mismo sentido “Siendo la enfermedad función del hombre y del mundo, obvia es la obligación del médico de conocer mundo y hombre en todos sus aspectos, si ha de elevar sus funciones a la altura de su responsabilidad”. Estos aforismos reflejan que él no solo se ocupó de cuestiones médicas, sino que también se dedicó a la epistemología, la filosofía, la literatura, la filología, la sociología, la economía y la música, campo que cultivó con especial dedicación, en el que llegó a tocar diversos instrumentos y componer más de doce piezas. Su obra durante el siglo XX fue objeto de una fuerte polémica. Sus críticos quisieron ver en sus trabajos desde una continuación de la Naturphilosophie alemana, hasta como un precursor de la medicina holística, psicosomática e incluso social. Muchos fueron los antiletamendianos; casi todos ellos atacaron su obra desde posturas netamente positivistas, como: Ramón Turró (1854-1926), que le dedicó diversas cartas publicadas en el Siglo Médico, y Augusto Pi Suñer (1879-1965), quien lamentó públicamente que su verbalismo y fantasía hubiera desviado a tantos jóvenes de la austeridad de la ciencia. El tiempo ha permitido que hoy se pueda contemplar a la distancia la obra de Letamendi rescatando en este caso sus aforismos.

  1. Pulido y Fernández Á. Biografía del Dr. D. José de Letamendi y Manjarrés. Anales de la Real Academia de Medicina 1898;2:97-136.

  2. Ossorio y Bernard M. José Letamendi y Manjarrés. Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo XIX. Madrid: Imprenta y litografía de J. Palacios. Año 1903. p. 226.

  3. Peiró Rando E. La obra científica del Dr. Letamendi. Anales de Medicina y Cirugía (Real Academia de Medicina de Barcelona) 1968;48:41-53.

  4. Palafox S. Haz y envés del letamendismo neohipocratismo. En:http://www.fu1838.org/pdf/9-1.pdf (consultado 24/01/21)

Autores

Pablo Young
Servicio de Clínica Médica, Hospital Británico de Buenos Aires, Argentina.

Autor correspondencia

Pablo Young
Servicio de Clínica Médica, Hospital Británico de Buenos Aires, Argentina.

Correo electrónico: pabloyoung2003@yahoo.com.ar

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Titulo
José de Letamendi (1828-1897) y sus aforismos

Autores
Pablo Young

Publicación
Revista Fronteras en Medicina

Editor
Hospital Británico de Buenos Aires

Fecha de publicación
2021-09-30

Registro de propiedad intelectual
© Hospital Británico de Buenos Aires

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