Arte y Medicina
Ciencia inmanente y ciencia trascendente
Carlos G Musso
Revista Fronteras en Medicina 2025;(04): 0274-0277 | DOI: 10.31954/RFEM/202504/0274-0277
La palabra ciencia proviene del latín scientia, que significa ‘conocimiento’, sea este de naturaleza inmanente o trascendente. La ciencia inmanente es aquella que describe el plano sensible, aquel susceptible de ser explorado por los sentidos exteriores; mientras que la ciencia trascendente considera que existe un plano suprasensible, solo abordable por el sentido interior o intuición intelectual. Si bien ambos conocimientos comparten su carácter científico al ser verificables y explicables, desde ya desde sus respectivos métodos y paradigmas difieren en su concepción de verdad, plano explorado, método exploratorio empleado. Concluimos que ciencia inmanente y ciencia trascendente constituyen dos ramas del conocimiento científico general (megaciencia), las cuales debieran verse no como antagónicas sino como complementarias.
Palabras clave: ciencia inmanente, ciencia trascendente, megaciencia.
The word science comes from the Latin scientia, meaning “knowledge,” whether immanent or transcendent in nature. Immanent science refers to the sensible realm, that which can be explored through the external senses; whereas transcendent science holds that there is a suprasensible realm, accessible only through the inner sense or intellectual intuition. Although both forms of knowledge share their scientific character—being verifiable and explainable through their respective methods and paradigms—they differ in their conception of truth, the realm they investigate, and the exploratory method they employ. We conclude that immanent science and transcendent science constitute two branches of general scientific knowledge (“megascience”), which should be regarded not as opposing but as complementary.
Keywords: immanent science, transcendent science, megascience.
Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.
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Recibido | Aceptado | Publicado 2025-12-31
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Introducción
La palabra ciencia proviene del latín scientia, la cual, al igual que su equivalente griega episteme, significa ‘conocimiento’ o ‘saber’, sea este de naturaleza inmanente o trascendente. El conocimiento inmanente es aquel que describe el plano sensible, aquel susceptible de ser explorado por los sentidos exteriores (con o sin apoyo instrumental), plano cuyo fundamento y funcionamiento este conocimiento considera explicable desde sí mismo; mientras que el conocimiento trascendente es aquel que considera que existe un plano suprasensible, solo abordable por el sentido interior, el ojo del espíritu (Hildegard von Bingen) o intuición intelectual, la cual no es la mera intuición sensible sino la inspiración reveladora (epifanía), el eureka de Arquímedes.
El conocimiento trascendente considera al plano suprasensible fundamento del plano sensible, y procura, en la medida de lo posible, describirlo usando palabras de este mundo (Pizarnik), aunque inevitablemente reduciéndolo. Si bien ambas perspectivas gnosológicas son diferentes, no necesariamente son contrapuestas, desde el momento que la perspectiva trascendente considera a su plano de estudio fuente del plano sensible, considerándolo una suerte de condensación residual de un plano inmensamente mayor y sutil: el plano trascendente; por su parte la perspectiva inmanente explora su plano de estudio, no necesariamente negando siempre la existencia del plano trascendente, sino por lo general simplemente ignorándolo. Es precisamente dicha indiferencia de la ciencia inmanente respecto de la ciencia trascendente lo que ha propiciado su inmenso desarrollo, dado que al ser la atención humana necesariamente focal, la desatención en los últimos siglos al conocimiento trascendente permitió focalizar dicha atención en el conocimiento inmanente, con los consiguientes innegables beneficios nacidos de su labor, hecho que resalta el carácter más complementario que antagónico de ambas ciencias1,2.
Por otra parte, ambas disciplinas, a su modo, cumplen con la definición moderna de aquello que se entiende por “ciencia”. Un conocimiento es considerado como científico cuando dicho conocimiento es susceptible de ser verificado y explicado. La verificación científica se basa en la inducción, es decir en la constatación de lo postulado observándose en un número significativo de casos, mientras que la explicación científica del fenómeno reportado implica que la interpretación que se ha hecho de él está en consonancia con el estado del arte vigente (paradigma dominante).
En función de esta definición, la ciencia en general como forma de conocimiento humano, la megaciencia, podría dividirse en dos grandes ramas, por un lado, aquella a la que comúnmente se considera ciencia, la ciencia inmanente (CI), y por otro lado, la ciencia trascendente (CT)2.
Similitudes entre las ciencias
inmanente y trascendente
Si bien ambas ciencias, como señaláramos, difieren marcadamente en su campo de estudio –la CI estudia el campo material, mientras que la CT estudia el campo inmaterial–, ambas disciplinas exploran sus respectivos campos mediante la inducción (recolección de datos), difiriendo lógicamente en la forma y modo de hacerlo, en virtud de la disímil naturaleza de sus campos de estudio: el plano sensible y el plano suprasensible, respectivamente. Asimismo, la información recolectada por ambas ciencias es verificable por medio de la inducción (experimental y experiencial, respectivamente), realizada por individuos capacitados y calificados a tal fin (científicos convencionales por un lado, y por otro lado místicos o artistas trascendentes, respectivamente), y sus hallazgos son explicables dentro del marco del paradigma que rige la disciplina desde la cual despliega su estudio: en el caso de la CI dicho paradigma podría ser el de la física, la biología, etc., mientras que en el caso de la CT podría ser el paradigma de la mística cristiana (e.g: Eckhart), cabalística (e.g: Abulafia), la poesía metafísica (e.g: Hoelderlin), etc. Podría cuestionarse a la CT que su forma de verificación experiencial, al no ser experimental, resulta ser sólo verificable por la experiencia de un par, otro místico o artista trascendente. Sin embargo, cada disciplina científica tiene la potestad de emplear el método de estudio que le sea más efectivo, siempre que lo realice correctamente (Feyerabend), pues dada la diversa naturaleza del objeto de estudio de las distintas ciencias, resulta razonable que no empleen todas las disciplinas la misma metodología para realizar su investigación. Así, por ejemplo, dentro la mismísima CI, el método de pesaje propio de la física mecánica resulta inútil para realizar investigación dentro del campo de la psicología. Con más razón entonces, requerirá la CT un método particular para poder explorar el sutil campo inmaterial del cual se ocupa. Por otra parte, la CI posee, cada vez más, ámbitos de estudio donde la verificación de sus hallazgos queda restringida a un puñado de investigadores, dada la subespecialización científica requerida y el alto grado de sofisticación y costo del instrumental de investigación necesario para realizarla, tal como sucede con la investigación realizada en el campo de las partículas subatómicas por parte de la física moderna, donde la verificación experimental directa resulta tan vedada al resto de la comunidad científica, como lo está la verificación experiencial de los místicos y artistas trascendentes respecto de quienes no lo son. Finalmente, cabe destacar que ambas ciencias consideran a sus áreas de conocimiento como campos abiertos, vale decir no son dogmáticas. Incluso en el caso de la CT, la cual se nutre de las descripciones experienciales de la mística y de los artistas, las cuales carecen del dogmatismo propio de las religiones. Esto explica por qué frecuentemente, a lo largo de la historia, las expresiones de los místicos han sido rotuladas como “herejías” por sus pares religiosos2-4.
Diferencias entre las ciencias
inmanente y trascendente
Ahora bien, más allá de los puntos de coincidencia existentes entre la CI y la CT, los cuales permiten que ambas puedan ser consideradas ramas de una megaciencia, existen diferencias significativas entre ambos tipos de ciencia, a saber2-6.
Primero: Una diferencia importante entre ambas ciencias versa sobre a qué consideran la esencia de la verdad: La CI se basa en el principio de correspondencia o adecuación entre el intelecto y la cosa, vale decir entre lo que se afirma y lo real, mientras que para la CT lo verdadero es aquello que es develado, lo revelado a través de la intuición intelectual.
Segundo, la CI en su carácter de analítica, fragmenta la realidad, toma cada uno de dichos fragmentos, los estudia y los conceptualiza, reduciéndolos a palabras (lenguaje sígnico), para poder así comprender aquello que estudia; mientras que la CT al intentar explorar el inconmensurable plano trascendente, como no puede conceptualizarlo, procura reflejarlo en imágenes, reduciéndolo a símbolos para intentar en algún grado entenderlo (lenguaje simbólico o lenguaje de las ramas).
Tercero, los métodos de investigación de ambas ciencias son sumamente diferentes, en virtud de la distinta naturaleza de sus respectivos campos de investigación. En este sentido, la CT parte de la creencia en la existencia de una realidad absoluta (eje vertical), lo sagrado, la cual trasciende el mundo sensible (eje horizontal), pero que puede manifestarse en él (intersección de ambos ejes o encrucijada). Este fenómeno se traduce en una correspondencia entre ambos planos (ley de correspondencia), en función de la cual pueden establecerse analogías entre el plano material y el plano inmaterial, del cual en definitiva el plano material procede. Dicha correspondencia se expresa empleando el lenguaje simbólico, caracterizado por poseer múltiples planos de interpretación, y para cuya adecuada lectura requiere el místico (o artista trascendente) haber pasado por un proceso de “alfabetización” basado en la adquisición de datos tradicionales propios de la CT. La lectura simbólica se basa en la iconicidad metonímica, donde por el principio hologramático, a partir de las características del símbolo se infieren las características de lo simbolizado, siguiendo el principio que reza: como es arriba (trascendencia) es abajo (inmanencia) (Maestro Eckhart). Por el contrario, la CI se ocupa tan solo del estudio del mundo sensible, negando o simplemente ignorando la existencia del mundo transcendente. En definitiva, mientras que la CT explora la realidad en su eje vertical (en intersección o no con el eje horizontal), la CI explora la realidad sólo en su eje horizontal (espacio-temporal).
Cuarto, la CT considera que el mundo material es el denso y fragmentado producto final, en una multiplicidad de formas inmanentes, procedente de una serie de emanaciones originadas de una fuente única (divinidad): el infinito totipotencial (la Nada primordial), del cual emana inicialmente el No Ser (el cero metafísico o lo no manifestado), a partir del cual se origina luego el Ser no Formal (lo manifestado amorfo), del que finalmente surge el Ser Formal, donde lo manifestado se fragmenta en el sinfín de formas individuales efímeras del mundo material. A modo de ejemplo, si lo comparamos con el fenómeno de la música, podría comparase a dicha fuente primordial con el Silencio (La Nada), del cual se toma una porción y se lo circunscribirse a los límites de un pentagrama vacío (No Ser), en el que luego se escriben una serie de notas musicales sin ejecutarlas instrumentalmente (Ser Informal), para finalmente ejecutarlas durante un período (finito) y mediante un instrumento determinado, deviniendo la partitura escrita música audible (Ser Formal). La CI se aboca al estudio sólo del Ser Formal, ignorando su conexión y origen a partir del No Ser.
Quinto, La CI explora el inmanente mundo material, razón por la cual los conocimientos a los que arriba se saben transitorios y mutables, como la naturaleza misma de su objeto de estudio, mientras la CT explora el perenne mundo inmaterial, razón por la cual los conocimientos a los que arriba se saben eternos e inmutables, como la naturaleza misma de su objeto de estudio; esto último no significa que, dada la infinitud del plano trascendente, no haya siempre más por develar, de ahí que su carácter sea científico (campo abierto) y no dogmático (conocimiento cerrado).
Sexto, la CT está constituida por un conjunto de principios arcanos transmitidos y expandidos de generación en generación por diversos pueblos (unidad doctrinal primordial), desde ya con leves matices interculturales pero igual esencia raigal, pues cada “prisma cultural” refractó de distinta forma (color) la misma luz primordial. Principios recibidos por la humanidad en un tiempo antes del tiempo (in illo tempore), considerados de origen no humano, porque nacieron en el seno de pueblos tan arcaicos que en rigor eran protohumanos (polifemos) (Gianbattista Vico), habitantes de la llamada edad de oro, aquella en la que los seres humanos primordiales (protohumanos) carecían de lenguaje sígnico, interactuaban por gestos (lenguaje simbólico), predominaba en sus mentes la fantasía (mito) sobre la razón, creían que sus dioses cohabitaban su mundo, y que por su gracia habían recibido de ellos dicho conocimiento tradicional. A todo este legado se lo conoce como sabiduría perenne (Leibniz) o sabiduría universal, por la similitud que guarda en su esencia entre todas las culturas del mundo. Al ser este conocimiento característicamente abierto, dada su infinitud, cabe diferenciar la sabiduría perenne, es decir la conjunción de los ya mencionados conocimientos arcanos y arcaicos (protohumanos) heredados, de la filosofía perenne, la cual está constituida por el conjunto de los conocimientos experienciales (extáticos) brindados a posteriori por los cultores de la CT (místicos y artistas trascendentes) desde los albores de la humanidad hasta nuestros días.
Utilidad de la interacción entre ambas ciencias
La CT considera que el ser humano es un proyecto o potencia (semilla) de una instancia superior, pero que dicho desarrollo no es automático sino que requiere de un proceso evolutivo activo, y que la CT provee al ser humano del conocimiento tradicional necesario para emprender dicho desarrollo. Resulta entonces que la CT puede ejercer su influencia metafísica sobre la CI, entendiendo por metafísica la operación ejercida sobre el mundo material (transmutación) mediante la influencia de datos tradicionales (sabiduría perenne), vale decir el logro de cambios en la CI merced a un cambio en la esencia (mundo interior) del investigador/a de dicha ciencia merced a la influencia ejercida sobre él/ella por el conocimiento que le brindara la CT (metanoia), sería en definitiva el paso de la semilla al árbol, del que anteriormente habláramos. El encuentro entre ambas ciencias es de suma relevancia, dado que el mayor peligro al que está expuesto todo científico convencional (CI) es el de caer en la desmesura (hybris), de lo cual estará inmunizado si está consustanciado con los principios de la CT. La forma en que dicha influencia llegue al investigador/a dependerá de la tradición de la cual él/ella provenga (misticismo judío, cristiano, sufí, zen, taoísta, etc.) o de su exposición a la obra de artistas trascendentes (poetas, pintores, músicos, etc.) los cuales constituyen distintos caminos tradicionales que, a semejanza de los rayos de una rueda, conducen todos al mismo lugar central, el de la sabiduría perenne. Los principios tradicionales de la CT que contribuyen al desarrollo personal podrían sintetizarse en una serie de objetivos, que, por su carácter de inalcanzables, constituyen más que una meta, un camino (Tao) perpetuo a seguir2,3,6-8:
La no entronización del ego: Este objetivo no implica que el ego deba ser destruido sino trascendido, ya que un ego equilibrado es fundamental para una armoniosa vida interior y social. En definitiva, significa entender el valor instrumental del ego, el cual debe estar al servicio de quien realmente somos (no al revés), el sí mismo (conócete a ti mismo), nuestro verdadero rostro, que como dijera Yeats, es “aquel que tuvimos antes de que el mundo fuera creado”. La evitación del desequilibrio emocional, procurando no caer en la desmesura (nada en demasía) representados dentro del conocimiento tradicional por la figura de la avaricia, la envidia, la ira, la soberbia, etc., pues toda desmesura, por diversos mecanismos, finaliza nublando el pensamiento del investigador, debilitando su objetividad y en consecuencia sesgando sus interpretaciones.
La CT deviene así la conciencia de la CI, y la internalización de sus principios, no su mero conocimiento, conduce al equilibrio del individuo, pues debe tenerse presente que lo que cura es la ingesta y asimilación del medicamento y no el mero conocimiento de su composición química. El científico de la CI imbuido por los principios de la CT poseerá entonces un antídoto contra la desmesura (hybris), y evitará entonces caer en la barbarie del intelecto (Giambattista Vico), a la que son propensos los semisabios (los que se creen sabios), evitando así la producción de científica de mala calidad (sesgo/fraude) y/o el uso del conocimiento científico, consciente o inconscientemente, para la destrucción. Por otra parte, la CI arriba a conocimientos del plano inmanente que por el principio de analogía permiten a la CT interpretar simbólicamente diversos aspectos del plano trascendental, como reza una máxima del saber tradicional “como es abajo es arriba”, o “estudiando a la mónada (átomo) se llega a conocer al arcángel”.
Conclusión
Ciencia inmanente y ciencia trascendente constituyen las dos ramas del conocimiento científico general o megaciencia, que lejos de verse como antagónicas debieran ser vistas como complementarias.
Eliade M. Lo sagrado y lo profano. Paidós. Barcelona. 2014.
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Guénon R. La metafísica oriental. Barcelona. Obelisco. 1995.
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