Carta al comité de redacción
¿Estúpidas palabras o no saber callar a tiempo?
Pablo Young
Revista Fronteras en Medicina 2014;(01): 0033-0034 | DOI: 10.31954/RFEM/201401/0033-0034
Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.
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Recibido | Aceptado | Publicado 2014-03-31
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Sr. Editor
En su libro Allegro ma non troppo, el economista italiano Carlo Cipolla enuncia las leyes fundamentales de la estupidez humana.1 La primera ley afirma: “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. La segunda ley enuncia: “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”; es decir, no tiene relación con el género, el nivel socioeconómico o el nivel de instrucción. Su mayor contribución es la definición que enuncia la tercera ley fundamental: “Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.
Explica en forma muy didáctica que, desde esta mirada, la humanidad se compone de cuatro categorías: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. El mayor hincapié es la diferenciación entre un malvado y un estúpido. El malvado, por ejemplo, roba un auto sin dañar a su propietario ni al vehículo. El auto en este caso ha pasado de mano, sin modificar el patrimonio social. En este caso el mal causado es proporcional al beneficio obtenido. ¿Cuál sería la conducta del estúpido?: robar o pedir prestado un auto y destruirlo. De esta descripción se llega a la dolorosa conclusión de que un estúpido es mucho más peligroso que un malvado. Lo que agrava la situación es que resulta más fácil preparase para evitar una actitud malvada que una actitud estúpida. Como afirmaba Schiller, “contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano”.
El aspecto devastador de la palabra médica que trasciende las especialidades acerca nuestra profesión a la universalidad de la estupidez humana. Esta actitud se aplica a un personaje mítico pero a su vez paradigmático, “el médico lenguaraz”, o incauto en el hablar, afectado de una forma grave de incontinencia verbal patogénica, similar a la diarrea mental del broncémico.2,3
Basta que se abra el interrogante al lego, para que surja un devenido especialista en todo: economía, política, arquitectura, medicina, nada es ajeno a la ignorancia ilustrada. Esto se extiende también al ámbito televisivo y radial, donde la profesión de opinólogo, ya sea periodista-deportista-botinera-mediático de escasa formación, le permite opinar sobre lo que fuera, bajando línea con vehemencia sobre cosas que desconoce profundamente. Podríamos esperar que esta actitud estuviera ausente en profesionales formados en la universidad: vana ilusión.
Sin embargo los médicos, en última instancia seres humanos, padecemos esa misma debilidad: cuando un paciente consulta a un cardiólogo para un riesgo quirúrgico sobre cualquier cirugía, nunca faltará la pregunta del familiar sobre qué opina uno de la operación, y el riesgo de emitir realmente una opinión sin fundamento o basado en prejuicios prehistóricos (es decir, de lecturas de más de diez o quince años atrás).
Es frecuente que en cualquier contexto los médicos desautoricemos nuestra profesión, opinando sobre actitudes o recomendaciones de otros colegas, aun cuando nadie nos consulte efectivamente, o emitamos frases a todas luces perjudiciales para la clase médica y mucho más para los pacientes.
Los médicos no asumimos lo pesadas que pueden resonar nuestras palabras. Así como una palabra cálida puede demostrar simpatía y ayudar, los efectos adversos de la palabra médica pueden ser destructivos.
Con el objeto de contribuir a la formación de los médicos jóvenes en la reflexión sobre el peso de sus palabras, el Dr. Carlos Tajer ha comenzado a coleccionar frases que se consideran nefastas y que han contribuido al sufrimiento y la enfermedad de pacientes y amigos.2,4
Se ilustran los efectos adversos en casos individuales, como por ejemplo: ¿Qué te dio el médico? ¿Atenolol? Con eso, no tendrás más erección. Le indiqué betabloqueantes a un paciente joven con hipertensión. En el partido de tenis del sábado su compañero médico (ginecólogo en este caso) pronunció esa frase nefasta. El efecto adverso previsto: el pronóstico de una indefectible disfunción sexual podría tener algún efecto negativo sobre (a) la función sexual y (b) la relación médico paciente. Condena: en el caso de un colega, leer trabajos sobre betabloqueantes y disfunción sexual, que indican una diferencia entre droga y placebo de 1 en 200 cada dos años en personas de 60 años (metaanálisis).
Casos como el previo existen en todas las especialidades, o sea un efecto de clase; los traumatólogos frente a cualquier consulta de dolor articular, distensión ligamentosa o incluso rotura del tendón de Aquiles interrogarán a su paciente sobre el uso de estatinas, y en caso de estar tomándolas, adjudicará esa desgraciada situación en forma indudable al fármaco; los dermatólogos siempre atribuirán la reacción alérgica al fármaco más relevante del tratamiento cardiológico, sumando a las leyes de Cipolla las de Murphy; los internistas, frente a un paciente tratado por un cardiólogo con 20 mg de atorvastatina con adecuado control del colesterol luego de un infarto, con hepatograma normal, propondrán cambiarla por una asociación con ezetimibe para proteger el hígado pues con el tiempo seguramente sufrirá daños y gracias a su intervención podrán evitarse, o suspenderla por un mes para aliviar al hígado; el ecocardiografista no perderá la oportunidad de comentar que vaya viendo a un cirujano cuando encuentra una estenosis carotídea o cuando una estenosis aórtica es severa, etc., etc.
La mayoría de las intervenciones comentadas como efectos individuales siguen un patrón común: 1) nadie solicitó una consulta real para conocer la opinión del médico en un contexto adecuado de relación médico paciente; 2) la respuesta contribuirá a dudar sobre lo que el médico a cargo del paciente habitualmente o en esa circunstancia ha recomendado; 3) la consecuencia será un cuestionamiento del vínculo médico, desasosiego y daño, y 4) el médico que no supo callar no obtendrá ninguna ventaja más que satisfacer su fantasía de autoridad a través de la desautorización de un colega, desvalorizando la profesión médica.
La intención profunda es la psicoprofilaxis y la formación en el escuchar, hablar y decir médico. Como dice Carlos Tajer, el único temor es que a pesar de la facilidad de los medios actuales, la casuística supere la capacidad de archivo de Google®.4 En estos casos es de importancia recordar esa frase anónima que dice que el silencio vale más que mil palabras, o sea, si usted puede, no pierda la oportunidad de quedarse callado.
Cipolla C. Allegro ma non troppo. 1ra ed. Barcelona, España: Editorial Grijalbo Mondadori; 1991.
Tajer C. El médico lenguaraz: convocatoria a un registro multicéntrico. Disponible en: http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=78087 [Consultado el 26 de noviembre de 2012].
Young P. Bronceosis: enfermedad especulativa por depósito de bronce. Rev Med Chile 2012;140:824-825.
Tajer C. La medicina del nuevo siglo. 1ra ed. Buenos Aires, Argentina: Editorial Libros del Zorzal; 2012.
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